Me gustaría comenzar sugiriendo una pequeña reflexión sobre el denominado “tiro policial”. ¿Alguien podría darme una definición más o menos clara, de lo que se entiende por tiro policial? Me parece bastante complicado hacerlo, incluso me atrevería a decir que no existe una definición completa.
Desde el punto de vista deportivo, podría referirse a las competiciones de tiro desarrolladas en el ámbito policial, a las que sólo asisten policías y en las que sólo se permiten armas y equipaciones de servicio. Podría ser una definición, pero esto sigue siendo tiro deportivo, es “el tiro” desde el punto de vista de la competición con el resto de compañeros. En estas competiciones se mantiene el sistema de clasificación puntos/tiempo, hay penalizaciones, ganadores, etc. Al final siempre gana el que dispara más preciso en menos tiempo.
Se suele argumentar, que existe una diferencia esencial entre la filosofía de supervivencia que subyace en los ejercicios desarrollados para el adiestramiento de agentes policiales, y los diseñados para las competiciones de recorridos de tiro. En efecto, la filosofía de ambas modalidades es distinta, pero las “habilidades técnicas” y me atrevería a decir las “habilidades mentales”, son muy similares.
Acaso un agente que demuestra un nivel medio/alto en competición, llegado el momento de defender su vida, ¿no dispondrá de un plus de supervivencia sobre otra persona que apenas tiene hábito de disparar? ¿Alguien piensa que la competición no sirve para mejorar las habilidades y el control mental? Si alguno de los lectores ha competido a un nivel serio conoce perfectamente la respuesta a estas dos preguntas. Para el resto comentarles que en competición, al menos un 75% del resultado dependerá directamente de la preparación mental, elemento igualmente decisivo en un enfrentamiento armado.
Pese a este cúmulo de coincidencias “técnicas”, ya desde mis inicios en la Policía percibí cierto distanciamiento ente los practicantes del denominado “tiro policial” y aquéllos que como yo, nos iniciamos en el mundo de la competición.
Después de leer artículos, visitar páginas Web especializadas, y contrastar opiniones de todo tipo, evidentemente tengo mi propia perspectiva, y he deducido que, básicamente, hay dos formas de enfocar esta cuestión.
Desde una de ellas, sus seguidores se afanan, sistemáticamente, en marcar diferencias entre el “tiro policial” y el resto de las disciplinas que implican el dominio de un arma de fuego. Para ellos el “tiro policial” es “otra cosa” es algo “totalmente” distinto al tiro deportivo, pero no concretan exactamente en qué. Abundan en las diferencias, enfatizando los aspectos más extremos del trabajo policial, que evidentemente no se dan en la actividad deportiva. Transmiten la idea de que las calles están saturadas de individuos armados, dispuestos a matar policías. En consecuencia y para equilibrar la balanza con la “caterva de depredadores” que pululan por nuestras ciudades, se justifica dotar a los agentes de municiones más contundentes, de armas largas de todo tipo… En fin, creo que en ocasiones se crea artificialmente cierta paranoia para obtener beneficios comerciales, o para justificar determinadas aptitudes.
Es verdad que determinadas unidades están permanentemente peleando con delincuentes que muy probablemente van a estar armados en el momento de la detención: GEOS, UEI, GOES, incluso Grupos de Policía Judicial especializados en bandas organizadas, atracadores y demás. Pero siendo honestos, todos sabemos que la mayoría de nosotros probablemente finalizaremos nuestra carrera profesional, sin necesidad de hacer uso del arma reglamentaria, al menos de forma justificada. Y si no fuera así, no creo que por el hecho de portar una escopeta o un MP-5 (guiado a nombre de un compañero de la Dependencia) aumente nuestras posibilidades de salir con vida. No entiendo entonces la preocupación por parte de algunas policías de armarse más aún para desarrollar su cometido. No me corresponde a mí desde luego determinar la necesidad o no de adquirir estas armas para el servicio, pero seguro que serían mucho más útiles y divertidas en el ámbito deportivo.
La otra corriente, la representan los que han adoptado los recursos técnicos que difundió en su momento la modalidad de Tiro Práctico y los extrapolan sin más, en los programas de entrenamiento policial.
En su defensa, es justo reconocer que la eficacia de algunas de las propuestas técnicas aportadas por el Tiro Práctico, ha motivado su adopción por policías de todo el mundo. El empuñamiento con los pulgares extendidos, la posición isósceles, la forma de sujetar los cargadores para introducirlos en el arma, entre otras, son algunos ejemplos de ello. De hecho en Estados Unidos, prácticamente todos los tiradores del “Top Ten”, imparten cursos en Unidades Especiales de las Policías y del Ejercito.
Personalmente, no me decanto por ninguna de estas tendencias, por que son parciales.
Quienes me conocen saben que me dedico al tiro deportivo desde hace más de diez años, pero eso no me impide utilizar fundas de servicio con Nivel III de retención y disparar en menos de un segundo desde diez metros al centro de una silueta policial. También conozco como disparar desde un parapeto manteniendo la máxima cobertura. No tengo problema tampoco en realizar una recarga táctica y todas aquellas destrezas que considero me ayudarían en una situación comprometida de vida o muerte.
Sé para lo que entreno en cada momento, e incluyo en él las habilidades que necesito desarrollar. Después de analizarlas he transferido a mis técnicas de combate destrezas adquiridas en el entrenamiento deportivo y hasta hoy mismo no he percibido que entren en conflicto.
En definitiva, diferenciar el tipo de entrenamiento según el fin pretendido, rotundamente, sí. Pero negar las destrezas que proporciona la práctica del tiro deportivo para el usuario de un arma, es obcecarse en negar lo evidente.
Analicemos, brevemente, algunos de los factores que confluyen en situaciones de combate y veamos que recursos puede aportar la práctica de los recorridos de tiro, para potenciar el coeficiente de supervivencia. Probablemente, me olvidaré de algunos, pero tampoco pretendo ser exhaustivo.
La distancia: Se admite que los enfrentamientos se producen con mayor frecuencia entre 0 y 3 metros. Un competidor deportivo de nivel medio puede impactar a corta distancia (2 ó 3 metros), hasta 6 veces en la parte central de las tarjetas en solo un segundo. En caso de enfrentamiento real, sumémosle otros dos segundos más debido al factor sorpresa, total 3 segundos. También le restaremos dos disparos, teniendo en cuenta que disparará en DA y que la funda tiene algún nivel de retención, en total cuatro disparos. En resumen, 4 disparos en 3 segundos, no está mal.
Conclusión: La distancias cortas no son un problema para un tirador deportivo, por el simple hecho de serlo.
Iniciativa: Ante un ataque inesperado a corta distancia cualquier persona tiene un grave problema. Ni el tirador más rápido desenfundando evitaría ser herido. Posiblemente las mejores opciones de defensa no tendrían nada que ver con desenfundar o disparar rápido.
Conclusión: Es una cuestión de anticipación más que de reacción. En teoría, un policía con experiencia tendría mayor capacidad de percibir el peligro con anticipación.
En un tema tan extenso, estoy seguro que habrá confrontación de opiniones. Al comienzo de nuestra carrera profesional y generalmente careciendo de cualquier tipo de referencias, sentimos atracción por los grandes calibres, sin importarnos la portabilidad, peso, dimensiones etc. Probablemente influenciados por las películas de acción, donde puede verse a nuestro actor favorito utilizando su arma con total precisión sobre las ruedas de los vehículos que se dan a la fuga, o incluso sobre un helicóptero en pleno vuelo.
Otras veces nos dejamos influenciar por la estética, nos llaman la atención por su aspecto, apariencia, color etc.
Quién no conoce el mítico S&W M-29, calibre .44 magnum de “Harry el sucio”. Tengo entendido que se vendieron cientos de miles de revólveres como este en todo el mundo a raíz de su aparición en la famosa película.

Desde luego no es un calibre muy práctico, aunque hay que reconocer que es extraordinariamente potente. Los proyectiles utilizados rondan los 300 grains, con unas velocidades de hasta 1400 pies/segundo en cañones de 6″. Con estas prestaciones es de imaginar que el retroceso del arma va a ser más que considerable, más aún si adquirimos un modelo algo más compacto.
Retomando el tema de los disparos sobre un vehículo en plena huida, desde luego no me corresponde a mí determinar la necesidad o no de hacerlo, pero estoy seguro que no va a resultar fácil justificar ante el Juez, el uso del arma en estas circunstancias. No obstante, sí voy a hacer un pequeño apunte, con más 200.000 cartuchos disparados y 10 años dedicado a la alta competición, puedo aseguraros que lo de impactar a la rueda de un vehículo que se da a la fuga es una utopía, y en un entorno urbano además una grave imprudencia.
Cuando decidimos adquirir un arma particular, hemos de tener presente la finalidad de la misma. Principalmente su uso se va a resumir a acompañarnos cuando nos encontramos fuera de servicio, y su función evidentemente va a ser proteger nuestra propia vida o la de una tercera persona ante una agresión grave ilegítima. A ser posible provocando “un fuera de combate” inmediato, reduciendo así la posibilidad de resultar herido o muerto.
Desde esta perspectiva, parece obvio que cuanto más potente sea la pistola que portamos, o más lesiva sea su munición, más aumentaría en principio nuestro coeficiente de supervivencia, es decir, más probabilidades tendríamos de salir vivo de una refriega. Pero como en tantas otras cosas esto no es una ciencia exacta. El hecho de portar un calibre excesivamente potente tiene sus inconvenientes. Generalmente va a tratarse de un arma robusta y pesada, lo que con el tiempo provocará que la dejemos aparcada en el armero, y en estas circunstancias difícilmente va a cumplir su cometido. Además se necesitaría un entrenamiento continuado para sacarle unas prestaciones mínimas, debido a su reelevación tras el disparo.
Otra opción sería adquirir una pistola o un revólver con un calibre potente, pero de tamaño compacto.
En este caso el retroceso sería mayor aún, resultando más complicado si cabe, realizar una secuencia de tiro relativamente rápida con una precisión aceptable. En estas circunstancias un delincuente armado con una pistola de 9mm/p y con disposición de matar, en principio, y salvo que acertáramos con el primer disparo, tendría bastantes posibilidades de conseguir su objetivo.
Otro aspecto a considerar sería el tipo de munición. Creo que prácticamente todo aquel que tiene relación de una u otra forma con las armas cortas, esta al tanto de las particularidades de los cartuchos de punta hueca. En el siguiente vídeo pueden apreciarse sus efectos sobre gelatina balística.
Pero si el hecho de llevar encima un revolver del .44 magnum tiene sus inconvenientes, igualmente los tienen las municiones “especiales”, considerando así, a todos aquellos cartuchos diseñados a provocar unos efectos específicos, mayor poder de penetración, mayor poder de parada, grandes deformaciones etc.

Utilizar este tipo de municion en un enfrentamiento armado puede aumentar en principio las posibilidades de provocar un fuera de combate ¿Pero hasta que punto va a depender el resultado del enfrentamiento, del tipo de munición que llevamos? Todos sabemos que hay otros muchos factores igualmente decisivos, formación técnica y táctica, aptitudes mentales, distancia a la que se produce el enfrentamiento, lugar de impacto etc.
Algunos de los más reconocidos Instructores de Táctica y Tiro policial hacen alusión a la clasificación en diversos niveles en los que se pueden clasificar a aquéllos que usan habitualmente armas de fuego.
No podría decir a cuál de ellos debería atribuirse la “paternidad” y ni siquiera desde hace cuanto que se conoce. Pero lo cierto es que, en cualquier caso, la importancia del tema no radica en el origen, sino en el fondo de dicha clasificación. Cada cual que saque sus propias conclusiones.
El primer nivel es el del INTENCIONALMENTE INCOMPETENTE (II)
Créase o no, estos son los que portan armas de fuego y saben perfectamente de su incompetencia, pese a lo cuál no tienen ni la más mínima intención de mejorar sus habilidades.
El “II” no entrena por pereza y por miedo a que los otros vean lo “torpedo” que es. Según los Instructores, los cementerios están llenos de “II,s”, aunque desgraciadamente, los “II,s” con frecuencia se llevan consigo a familiares, compañeros o ciudadanos que pasaban por allí.
El tiempo que se pueda dedicar a éstos es tiempo perdido, y estaría mejor empleado con aquéllos que realmente desean mejorar.
Afortunadamente, esta “especie” no es mayoría, sino una clara minoría, que debería ser corregida disciplinariamente por los responsables de su Unidad.
El segundo nivel es el del DESCONOCEDOR DE SU INCOMPETENCIA (DI)
El DI “no sabe que no sabe”. Es incompetente porque no sabe que lo es, debido principalmente a un pobre o incluso a una carencia total de entrenamiento, y sin que, tampoco, se haya visto inmerso en una situación de peligro que evidencie sus lagunas y le haga consciente de sus carencias. Ejemplos de “DI,s” podemos encontrarlos por todas parte. Entre ellos muchos policías que alardean de que en 10 años de servicio nunca han tenido que desenfundar sus armas, pueden ser considerados como son “afortunados DI,s”. En términos generales, aquél que sólo va al campo de tiro en las ocasiones en las que debe realizar las tiradas anuales programadas por la Jefatura de su Cuerpo, entra dentro de la clasificación de “DI”.
Lo peor de todo, es que la primera vez que el “DI” se da cuenta de su incompetencia, suele ser cuando se encuentra en medio de una situación crítica, donde está en juego su vida, por lo que su primera lección útil puede ser, también, la última.
El tercer nivel, que en ocasiones es consecuencia del ”despertar” del segundo nivel, es el CONSCIENTEMENTE INCOMPETENTE (CI)
Si el “DI” sobrevive a su primera lección y reacciona para salir de ese nivel, entonces, se convierte en “CI”.
Al tomar consciencia de que no sabe y buscar ayuda para mejorar sus habilidades tácticas y el manejo de su arma, está dando los primeros pasos para sobrevivir.
Con una perspectiva realista de lo que necesita se convierte en un estudiante motivado, con objetivos claros hacia donde enfocar sus esfuerzos para alcanzar un óptimo nivel de competencia.
El cuarto nivel el CONSCIENTEMENTE COMPETENTE (CC)
Con adecuado entrenamiento y práctica, el “CI” llega a ser un “CC”. El “CC” puede manejar su arma y resolver interrupciones de una forma eficiente y segura.
Comprende los fundamentos del tiro y la importancia de la zona de impacto. Adopta rápidamente posiciones de combate y utiliza las coberturas disponibles.
Ha adquirido la actitud necesaria para el combate, y si bien es rápido y hábil, debe estar continuamente pensando en qué está haciendo porque todavía no ha alcanzado el nivel de respuesta refleja en sus reacciones. El “CC” responderá a las situaciones más estresantes siempre que no requieran decisiones y respuestas instantáneas.
En el quinto nivel o de “maestría” es donde encontramos al INCONSCIENTEMENTE COMPETENTE (IC)
El “IC” ha programado su cuerpo y mente (después de miles de repeticiones) para reaccionar en una fracción de segundo mediante respuestas adecuadas que no requieran atravesar un largo proceso mental. Funciona sin dudar, incluso en medio de las situaciones más estresantes por que su intensivo entrenamiento sobrepasa su proceso mental consciente.
Evidentemente, el quinto nivel no es frecuente encontrarlo entre los profesionales habilitados para portar armas. Esto se debe más a la falta de entrenamientos bien programados y adaptados a la realidad, que a la falta de motivación de los posibles usuarios.
Actualmente está muy extendido entre Policías de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, el hecho de portar una navaja durante el servicio, más aún entre quienes trabajan de uniforme y realizan tareas de seguridad ciudadana.
Las causas y justificaciones suelen ser coincidentes. Hay quien la lleva por si le surge la necesidad de cortar el cinturón de seguridad tras un accidente de tráfico, bien porque el vehículo haya comenzado a arder, porque ha caído al agua o simplemente porque es más práctico en caso de que el coche esté volcado, dada la dificultad que puede suponer acceder al interior. También ante la necesidad de extraer por la fuerza a un individuo en actitud hostil del interior de su coche, evitando así meterse dentro para presionar el botón y liberar el cinturón manualmente (algo que habría que hacer evidentemente por la puerta del acompañante). Otros la utilizan para cortar los lazos de seguridad a los detenidos, para romper un cristal si dispone del útil conveniente, para atornillar, etc.
Creo que su utilidad queda perfectamente justificada, tanto por las funciones expuestas anteriormente, como por otras muchas que seguro he olvidado comentar.
Como decía, hay argumentos para casi todo, y digo “casi todo”, porque he llegado a escuchar, “Me es útil, porque en el caso de que me quiten la pistola, al menos me queda la navaja para defenderme”. Bien… puede que sea útil también para eso, pero me parece mucho más práctico adquirir una buena funda antihurto de nivel III. Creo que el precio debe ser aproximadamente el mismo que el de una navaja táctica de acero 440.
Dudo mucho que pueda justificarse ante el Juez, el hecho de que te has visto obligado a acuchillar a un individuo en legítima defensa, porque trató de agredirte con tu propia arma de fuego.
¿Qué tipo de navajas portamos? Las más extendidas son las denominadas “tácticas”, actualmente esté adjetivo se le está añadiendo a casi todo lo que tiene que ver con el material policial. En este caso reciben este nombre porque incorporan un “clip”, que permite sujetarlas a la parte superior del bolsillo, quedando mucho más accesibles a la hora de extraerlas, y además, llevan un saliente en la hoja o un ojal redondo que permite abrirlas con una sola mano, y en un tiempo extremadamente corto.
Esto que en un principio puede considerarse como una pequeña ventaja para nosotros, lo es igualmente para un detenido, en caso de que decida hacerse con ella en un descuido, o incluso por la fuerza.
He visto navajas de este tipo en prácticamente todas las ubicaciones del uniforme, sujeta con el “clip” por fuera del ceñidor y completamente expuesta, asomando en el bolsillo de una camisa, en el porta bolígrafos del brazo del jersey, en una bota, en el arnés de una funda de pernera, en fin…
Es conveniente llevarla en un lugar accesible, pero con ciertas precauciones. El tipo de “clip” que incorporan es muy característico, delata perfectamente que se trata del elemento de sujeción de una navaja, aún solo viéndose esté.
Los actuales pantalones denominados “de campaña” incorporan solapa en los bolsillos laterales, y la navaja puede disimularse con relativa facilidad. Otro lugar para portarla podría ser el interior del ceñidor a la altura del apendice, sujeta con el “clip”, o incluso en el bolsillo interior de la chaqueta.
LLevamos una funda de retención, para evitar que puedan arrebatarnos el arma, y sin embargo, hay quien lleva la navaja totalmente expuesta, a veces en sitios en los que sería especialmente fácil acceder a ella sin que nos demos cuenta.
Es claro, que se necesitan al menos 7 metros, para repeler una agresión con una navaja con ciertas garantías, dando por supuesto que estemos armados, y que la hayamos percibido evidentemente. Distancia que muy probablemente no vamos a disponer. Generalmente trabajamos bastante más cerca de los detenidos en el interior del las Comisarías, igualmente en los traslados a los Juzgados, o al Centro de Salud, ingresos en calabozos etc.
¿A cuanta gente ponemos en peligro, si me arrebatan la navaja y me encuentro en el interior de mi Dependencia? Depende evidentemente de muchos factores, algunos obvios, pero en principio algo sí es seguro, Si tiene disposición de usarla, a todos los que se encuentren en un radio de al menos 7 metros, vayan armados o no….
El siguiente vídeo, muestra la reacción de un Policía, al ser atacado por un detenido con un cuchillo. En esta ocasión el arma la portaba el propio detenido entre su ropa, pero la situación pudo resultar igualmente dramática, tanto para él, como para el resto de policías que se encontraban en la Comisaría en ese momento. La reacción no pudo ser más precisa.

No resulta fácil destacar aspectos positivos de la situación presentada, pero tampoco por ello deja de reflejar algunos de los elementos que concurren en la mayoría de los enfrentamientos armados.
Efecto túnel: Uno de los agentes centraliza su actuación en retener al sospechoso que intenta huir incluso después de que su compañero haya disparado contra el copiloto. Este agente parece ajeno a la peligrosa situación en que se encuentra situándose entre el arma de su compañero y el copiloto armado. Incluso intenta sujetar al sospechoso que le amenaza con un arma.
Posición de tiro: Tanto el policía como el sospechoso adoptan durante el tiroteo una posición agachada (crouch) pero no por ello es estática si no dinámica, con un desplazamiento lateral y en retroceso. Alejarse del peligro y cubrirse se muestran como acciones reflejas ante una amenaza.
Tiro dirigido: Llama la atención que aunque la distancia de enfrentamiento no supere los 7 metros, ninguno de los contendientes resulte herido. Lo más probable es que ambos tiradores hayan, simplemente, dirigido sus armas hacia el adversario y apretado el gatillo. Bajo estrés la capacidad de concentrarse en los elementos de puntería se ve muy reducida.
Reacción de frustración: Uno de los agentes después de arriesgar varias veces su vida, la última abriendo la puerta del vehículo en marcha, efectúa dos disparos sobre el vehículo que huye, sin ser consciente de que pone en peligro a otros ciudadanos. Además, en este caso tampoco estaría justificado legalmente, lesionar al conductor del vehículo, pues no existe causa que lo justifique. Disparar sobre un vehículo que se da a la fuga es una reacción frecuente que se presume acorde con los procedimientos legales, cuando no constituye una válvula de escape ante la frustración. Pero en realidad creer que se puede detener un vehículo atravesando el bloque de motor o pinchando las ruedas a “tiro limpio”, demuestra una gran dosis de ignorancia e imprudencia por parte del agente. Y desde una perspectiva legal, cuando se ha lesionado un bien jurídico, argumentar que se hizo uso del arma con la única intención de detener el vehículo o evitar ser atropellado, son argumentos inconsistentes que la jurisprudencia del Tribunal Supremo ha rechazado en numerosas sentencias como causas que eximen de la responsabilidad penal.
ACCIDENTE EN TEXAS CON UNA GLOCK
POR: JUAN CARLOS JAIME DIAZ
Este incidente le ocurrió a un ayudante de sheriff en Luisiana. Fue al campo de tiro con su uniforme de servicio. Él utilizaba una funda de padel habitualmente. Una vez finalizó las prácticas de tiro, recargo el arma y la introdujo en la funda.
Accidentalmente, la bola de plástico que actúa como tensor de la goma de ajuste de su chaqueta, se introdujo en el disparador de su Glock, cuando introdujo esta en la funda.
Tras finalizar el servicio se dirigió a su casa. Al intentar quitarse la chaqueta, comprobó que la goma elástica estaba enganchada. Sin comprobar el lugar exacto en el que se había enganchado, tiro fuertemente de la goma provocando un disparo accidental dentro de la funda.
La bala le atravesó el muslo.
Evidentemente no es un accidente común, pero ha de darnos una idea del cuidado extremo que requiere el manejo de un arma de fuego. Es cierto que las armas que cerecen de martillo percutor, ofrecen ciertas ventajas, en cuanto a que podrían disparar incluso desde el interior de un bolsillo, la posibilidad de que se enganche con la ropa cuando vamos de paisano disminuye considerablemente. Incluso en el caso de la Glock permite realizar varios disparos, con la misma presión del disparador, pudiendo seguidamente enfundar la pistola sin necesidad de manipulaciones añadidas para asegurarla.
No obstante es necesario conocer las particularidades de nuestro arma de defensa, y estar plenamente familiarizados con ella, dado que lo que en un principio puede ser ventajoso para nosotros, en determinadas circunstancias podría llegar a suponer un grave problema.
El análisis de situaciones reales es un aspecto fundamental para establecer y mejorar los procedimientos de actuación policial. Con este fin he querido destacar los procedimientos técnicos y tácticos que, a mi juicio, son correctos ó incorrectos de la intervención analizada.
PROCEDIMIENTOS CORRECTOS:
Distancia y ángulo de detención del vehículo policial respecto del vehículo de los sospechosos.
El agente evita, en cuanto puede, la lucha cuerpo a cuerpo en el suelo. Con más de un agresor la lucha en suelo expone partes vitales del cuerpo a golpes con pies, manos y todo tipo de objetos contundentes o armas blancas.
Cuando se produce el enfrentamiento el agente hace un uso progresivo de la fuerza, a saber:
• Primero, da órdenes verbales.
• Segundo, extrae el bastón pero no golpea sólo amenaza.
• Tercero, golpea únicamente cuando el sospechoso, de mayor edad, trata de extraer un objeto del vehículo. Al respecto se observa que aunque la técnica de golpeo no es totalmente correcta, sin embargo, el agente sí conoce perfectamente donde se debe o no golpear. Por cierto, sorprende la escasa eficacia de los golpes.
• Cuarto, cuando percibe en las manos un objeto letal, realiza una transición del bastón al arma de fuego. Desenfunda pero a la vez incrementa la distancia retrocediendo para ponerse a cubierto detrás del vehículo.
PROCEDIMIENTOS INCORRECTOS:
El agente no trata de efectuar, previamente, ningún tipo de control verbal (diálogo, persuasión, consejos, advertencias, órdenes, etc.) sobre el sospechoso.
El agente no ejerce ningún control físico antes intentar esposar al sospechoso.
En la actuación del agente se produce un salto injustificado en la escalada de los medios de control. De una relación verbal distante, el agente pasa directamente a intentar el esposamiento. Provocando la evolución de la situación inicial de resistencia pasiva a resistencia activa. En resumen, empeora la situación inicial.
El agente no valora la vinculación afectiva, en este caso padre e hijo, entre los sospechosos. En situaciones de violencia los vínculos emocionales multiplican las reacciones de lucha, de defensa del otro y desatan los instintos más primitivos. En estos supuestos, las acciones contundentes sobre uno de los sospechosos no disuadirán al otro, por el contrario, provocarán un incremento de la reacción violenta del éste. Entre personas relacionadas emocionalmente, el daño causado a cualquiera de ellas se percibe, por el resto, como de mayor gravedad que el propio.
Es bien sabido que los entrenamientos en galería, por lo general, no suelen reproducir situaciones en las que el alumno no pueda adoptar una posición estable, levantar el arma hasta la altura de los ojos, tomar miras y hacer un doble disparo con precisión. El inconveniente radica en que la eficacia adquirida en condiciones de “laboratorio” no tiene nada que ver con las del mundo real y, por tanto, apenas aporta recursos para sobrevivir en él.
¿Por qué entonces los entrenamientos en tiro de supervivencia no se asientan sobre premisas realistas? Las razones que encontramos pueden ser de distinta índole, destacamos algunas de ellas:
La rutinarias prácticas reglamentarias que el la mayoría de los casos el único reto que plantean al tirador es agrupar unos disparos con precisión sobre un blanco estático y a distancias más propias de modalidades de tiro deportivo de precisión. Urge por tanto salvar el desfase entre lo ¿qué se enseña? y el ¿para qué?,.
Las económicas, en cuanto que cambiar el sistema, exige de las organizaciones un incremento de la inversión en munición, en instalaciones y formación.
Las políticas que, en el tema de las armas, suelen adoptar medidas “correctoras” sólo a remolque de incidentes que saltan a la opinión pública.
La tendencia alarmante a adoptar técnicas derivadas de modalidades deportivas (Recorridos de Tiro) para el entrenamiento del tiro de supervivencia. El entrenamiento basado en conceptos teóricos o competitivos, se convierte un lastre en situaciones de la vida o muerte. Muchos instructores deberían revisar su programa y muchos cursillistas deberían reflexionar si “la formación” que reciben, es por la que están pagando en realidad.
Aunque los criterios a la hora de seleccionar y transmitir un determinado tipo de información siempre estarán influenciados por la formación y experiencia del formador, al menos el material que se difunda deberá ser:
Cada vez tengo más dudas sobre la validez de los programas de tiro policial basados en el sistema de utilizar los elementos de puntería en todos los escenarios. Bueno, en realidad no es que dude sobre la eficacia de estos métodos para impactar en un blanco, lo que cuestiono es que se puedan llevar a cabo en enfrentamientos a “vida o muerte”. Me refiero, en concreto, a contextos en los que se combinan: un agresor dispuesto a matar, armas letales, una distancia inferior a 5 metros y un policía con un entrenamiento estándar, es decir, con nivel de formación bajo o muy bajo en técnicas y tácticas de supervivencia.
Así las cosas ya se intuye cuál puede ser el resultado y sin embargo la “ecuación fatal” aún no está completa. Faltan por incluir las respuestas emocionales que inexorablemente interferirán en las decisiones y las acciones de los contendientes. Porque sólo una perspectiva que contemple todos los factores que convergen en un enfrentamiento, permitirá obtener datos fiables sobre los que asentar un programa realista de entrenamiento.
No voy a centrarme en aspectos como la distancia, el perfil del agresor, el tipo de arma empleada… etc. Me limitaré a exponer y comentar algunas de esas reacciones instintivas, para dar a conocer el origen de mis dudas sobre la aplicación “real” de la mayoría de los programas de entrenamiento.
Un fenómeno instantáneo que provoca el alto estrés es el conocido “efecto túnel”. Este concepto se asocia, por lo general, con una distorsión visual pero también se aplica a las distorsiones auditivas. La repercusión sobre la visión se traduce en una focalización sobre el objeto de atención que excluye el resto de estímulos del entorno. Aquí surge la primera pregunta: en las situaciones de alto estrés ¿se puede trasladar el centro de atención desde el foco de peligro hasta a los elementos de puntería? Por si fuera poco, el “efecto túnel” puede reducir la visión hasta un 70% y con ello la visión monocular, lo cual perjudica especialmente a los tiradores que apuntan cerrando un ojo, impidiéndoles la visión monocular y obligándoles a disparar con visión binocular.
Otra consecuencia del estrés es la pérdida de la “visión cercana”, lo que dificulta el enfocar sobre objetos situados por debajo de los 1,3 metros. En el tiro a dos manos, los elementos de puntería quedan siempre por debajo de esa distancia y en consecuencia los usuarios de esta técnica se verán afectados. La merma de “visión cercana” se agudiza cuando, por la proximidad del agresor, se hace preciso acercar el arma al ojo.